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La reina blanca en el país de los negros
La reina Leticia viajó a Senegal para dar visibilidad a la cooperación internacional española. Nadie de allí viaja por aquí para dar visibilidad a las aportaciones de Senegal al desarrollo de occidente. Y es que si de cooperación se tratara, habría reciprocidad.
El viaje protocolario de la soberana ilustra, quizás más que ningún otro, el espíritu de beneficencia que regenta la cooperación al desarrollo española. Siguiendo la estela de Lady Di, las “actividades humanitarias” de la reina pretenden realzar la vocación filantrópica de la corona. Son llamadas a representar la generosidad y la caridad; en ningún caso el intercambio y la reciprocidad. En occidente, el continente africano, solo suscita interés por los dramas y la ayuda que se le prodiga. Permite cultivar la imagen fantaseada que occidente tiene de sí mismo. Para ello, solo se quiere ver lo que no funciona.
No es menester si los medios de comunicación que tratan la noticia del viaje de la reina, se hacen exclusivamente eco de algunos de los aspectos más problemáticos de Senegal (la mendicidad infantil, la malnutrición, la mutilación genital..) obviando la cultura democrática y la libertad de prensa, la convivencia pacífica entre culturas y religiones, el pluralismo lingüístico que no sirve de refugio identitario (especialmente en la zona de Casamance), la innovación social y las técnicas de resolución de conflictos, el amplísimo y heterogéneo legado cultural… Tampoco se hace mucho hincapié en el carácter estratégico de la solidaridad española, orientada por intereses del Estado, especialmente ligados en Senegal al control de los flujos migratorios.
El discurso de la cooperación gira sistemáticamente en torno a lo que los países del norte pueden aportar a los países del sur. Nunca se plantea lo que los del sur pueden aportar a los del norte. La ausencia de este planteamiento reposa sobre la idea que desde el norte se tiene mucho que aportar y poco que recibir; que la difusión de técnicas, de materiales de saberes y de valores solo pudiese ir de aquí para allá. Nunca de allá para acá.
Esta dialéctica expresa crudamente el lugar asignados a unos y otros en el imaginario occidental. Da por sentada la superioridad no solo material y económica, sino también moral e intelectual de unos sobre otros. El africano exclusivamente como objeto de beneficencia, nunca como sujeto; nunca como modelo, si no es para alabar la sonrisa y resignación con las que supuestamente acepta la adversidad. El salvaje es aquel del que nada se puede aprender, y al que todo se debe enseñar.
Aún resulta inconcebible para muchos que el conocimiento pueda provenir de otro lugar que no sea de occidente, y menos aún del continente africano. Aquellos parajes invitan sin embargo a reflexionar sobre modelos diferentes de desarrollo, sobre otras formas de relacionarse con el medioambiente, sobre la importancia del vínculo social, incluso en las transacciones económicas, sobre vías posibles para el decrecimiento… ¿Y si, como se pregunta el economista francés Serge Latouche, el continente africano pudiese servir de inspiración para responder a la crisis económica, social y medioambiental de occidente?
Alvar Jones Sanchez
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