
En su famosa novela, Ferdinand Oyono pone en escena a un viejo negro al que las autoridades coloniales deciden condecorar con una medalla. Este honor, se transforma en un calvario, cuando Meka, el viejo negro, es obligado a esperar de pié, bajo el sol, sin poder moverse y durante horas, la llegada del “jefe de los blancos” para la entrega del galardón.
Esta estampa sacada de la era colonial, no difiere mucho de aquellas que aún ofrece hoy la cooperación: El fin de semana pasado, en un lugar de Casamance (Senegal), “las poblaciones” esperaron durante horas la llegada de los “blancos venidos de América”. Los yanquis venían en representación de una organización no gubernamental, que ha financiado 4 estanques piscícolas en la zona. El encuentro, previsto por la mañana se demoró varías horas. Sin atisbo de sombra donde resguardarse, bajo el sol y lejos del pueblo, los presentes esperaron alrededor de las charcas. Numerosas voces se elevaron para destacar la falta de respeto y consideración de la ONG. El representante ocasional de las poblaciones recordó incluso, no sin perspicacidad, que a pesar del agravio, le tocaría dar las gracias a los visitantes. 4 horas después de lo convenido, les trasladaría efectivamente, en nombre de las comunidades, su infinito agradecimiento por el trabajo de la organización por la paz y el desarrollo en la zona. La indignación compartida de sus paisanos sería obviamente silenciada. Los yanquis por su parte, que pasaron apenas 10 minutos allí, se fueron tan contentos, inflados de orgullo y satisfacción.
Esta escena es especialmente reveladora en cuanto al lugar asignado a las “poblaciones beneficiarias” en numerosas intervenciones de desarrollo. Invariablemente celebradas en los discursos desarrollistas, son en permanencia denigradas en la práctica. La manera de ayudar, recordaba una anciana del lugar, importa más que la ayuda misma…
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